Nunca pensé que pagar unas compras en el supermercado cambiaría mi vida.
Ese día fui con mi hijo y mi nuera.
Como siempre… yo pagué todo.
Ellos ya ni preguntaban.
Mientras guardábamos las bolsas, una mujer que nunca había visto se me acercó.
Tenía los ojos cansados… pero muy atentos.
Se inclinó ligeramente y susurró:
—Cuando ellos se vayan… no toques la caja que dejen en tu patio.
Me quedé inmóvil.
—¿Perdón?
Pero ya se había ido.
Me reí.
Claro que me reí.
Pensé que era una loca.
Pero algo en su voz…
no encajaba.