. Mientras la ayudaba a salir de entre los escombros, escuchó una frase sencilla, pero desgarradora. Cuatro palabras, como una pregunta suspendida en el tiempo: «Dios mío, ¿qué pasó?». En ese momento, Gourmelon aún no sabía a quién veía. Fue solo cuando subían a Diana a la ambulancia que un compañero le susurró su nombre al oído. La conmoción fue inmensa.

Una esperanza fugaz, destrozada por la realidad.
A pesar de la conmoción, el instinto de primeros auxilios se activó. Gourmelon relata cómo le tomó la mano, le habló para tranquilizarla e incluso le practicó reanimación cardiopulmonar. «Empezó a respirar de nuevo. Sentí un gran alivio. Pensé que iba a sobrevivir», confiesa con la voz aún quebrada por la emoción. Pero esta esperanza duró poco. Unas horas más tarde, en el Hospital Pitié-Salpêtrière, llegó el diagnóstico, devastador: la princesa Diana había fallecido a causa de graves lesiones internas. La noticia sumió al mundo en una profunda conmoción.
