El millonario echó a su esposa de la mansión… sin saber que ella era la dueña de todas las tierras y de la mansión.

Marcos chasqueó los dedos, impaciente.

—Ni se te ocurra esperar en la sala. Quédate en el porche. No quiero que chorreés agua por todos lados.

Elena salió al aguacero. La tela del suéter se pegó a su piel en segundos; el frío le caló hasta los huesos. No corrió. Bajó los escalones con la cabeza en alto, levantó la maleta empapada y se paró al borde del pórtico, justo donde el techo ya no la protegía.

Las puertas se cerraron de golpe detrás de ella. El sonido del seguro corriendo le dejó claro que, a los ojos de él, ya no existía.

Respiró hondo. Con una mano se cubrió un poco el celular para que no le cayera tanta agua. No marcó al taxi. Dialó otro número, uno que no usaba desde hacía cinco años.

La llamada sonó dos veces.

—Residencia Sterling, habla Arturo —contestó una voz de hombre mayor, pulida, impecable.

—Arturo… —la voz de Elena se quebró apenas un segundo antes de volverse acero—. Soy Elena.

Hubo un silencio breve, seguido de una exhalación sorprendida.

—Señorita Elena… —rectificó—. Señorita Sterling. Ha pasado tanto tiempo. ¿Todo está bien?

—No, Arturo. Es hora —dijo ella, limpiándose la lluvia de los ojos con el dorso de la mano—. Inicie el Protocolo Sterling. Llame al consejo.

Del otro lado de la línea, la voz bajó a un susurro.

—Ese protocolo… lo va a destruir. Le va a quitar todo.

Elena miró la mansión a través de la cortina de agua. Por la ventana podía ver a Marcos sirviendo champaña en dos copas, brindando con Jessica.

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