Tomó un sobre manila grueso y lo dejó caer sobre la mesita frente a ella.
—¿Qué es esto? —susurró ella.
—Tu finiquito —contestó sin pestañear—. Un cheque por 200 mil dólares y la escritura de ese cuchitril en Ohio que te dejó tu tía. Más que suficiente para alguien con gustos tan… sencillos.
Elena no tocó el sobre. Solo respiró hondo.
—¿Y la mansión? —preguntó al fin—. ¿Este terreno?
Marcos abrió los brazos, orgulloso, como si fuera un rey señalando sus tierras.
—La mansión Vance se queda con los Vance. Obviamente. Yo la compré, la remodelé, levanté el ala este, la alberca infinita, las canchas. Es mi legado.
En los ojos grises de Elena pasó algo. Un brillo que no era llanto, sino una conciencia fría, antigua.
Se levantó. Era más baja que él, pero en ese instante pareció mirarlo desde arriba.
—Marcos —dijo con calma—, ten mucho cuidado con lo que haces hoy. Crees que lo sabes todo de nuestras finanzas, de esta propiedad, de quién tiene el control… pero no tienes idea.
Él bufó.
—Ya empezaste con tus misterios. Mis abogados hicieron el prenup. Todo lo que compré durante el matrimonio es mío. Tú no pusiste un solo peso. Firmaste, Elena.
—Firmé porque confié en ti —respondió ella, sin bajar la mirada—. Pero hay cosas que tú nunca preguntaste.
Marcos golpeó el escritorio con la palma abierta.