El millonario echó a su esposa de la mansión… sin saber que ella era la dueña de todas las tierras y de la mansión.

—No me interesa. Tengo gente importante llegando en una hora. Quiero que estés fuera de aquí antes de que entre el primer coche a la entrada. Literalmente fuera. Hoy. En esta tormenta. Pide un taxi, agarra la camioneta hasta la reja… me da igual. Solo desaparece.

Por primera vez, el temblor en las manos de Elena se detuvo. Como si hubiera cruzado una línea invisible.

—Está bien —dijo—. Voy a empacar.

Él esperaba lágrimas, gritos, drama. El silencio de ella lo descolocó. Pero se sirvió otro trago de whisky y se dijo que era normal: “Ya sabe que sin mí no es nada”.

Cuando Elena salió del estudio, Marcos se quedó unos segundos mirándose en el vidrio nuevamente. Se arregló la corbata, sonrió, practicó el gesto con el que iba a recibir a su nueva “vida”.

El vestidor principal era más grande que el primer departamento donde Elena había vivido sola. A un lado estaban los trajes italianos de Marcos, ordenados por color; del otro, sus vestidos discretos, sus blusas de algodón, un par de chamarras que usaba para trabajar en el huerto.

Bajó una maleta vieja de cuero del estante más alto, la misma que había traído cinco años antes cuando se mudaron a la mansión. No tocó los estuches de joyería. Guardó solo algunos suéteres, sus jeans gastados, tres primeras ediciones de novelas que amaba y una cajita de madera que había sido de su abuela.

Mientras cerraba la maleta, escuchó el rugido de un motor afuera. No cualquier motor: el sonido exagerado de un Porsche recién salido de agencia. La lluvia golpeaba más fuerte, pero las luces delanteras cortaban la oscuridad como cuchillos.

Elena se acercó a la ventana.

Un auto deportivo amarillo se detuvo frente a la fuente que ella misma había diseñado. La puerta se abrió y una pierna larguísima enfundada en un tacón rojo se posó en el charco sin cuidado.

Jessica Thorne.

La conocía. Todo el mundo la conocía. Influencer, aspirante a actriz, veinticuatro años, sonrisa perfecta hecha en consultorio. Llevaba seis meses pegada al brazo de Marcos en todos los eventos “de caridad” y lanzamientos de la empresa. Él insistía en que era “embajadora de marca”. Elena no era ingenua; solo no había imaginado que se atrevería a llevarla a su casa antes de que el divorcio siquiera se firmara.

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