—Saquen al señor Vance de la propiedad. Y levanten cargos por allanamiento.
—¿Qué? ¡No! —Marcos intentó aferrarse al mueble—. ¡No me puedes meter a la cárcel! ¡Soy tu esposo!
—Exesposo —lo corrigió Arturo—. El juez firmó el decreto esta mañana.
Mientras lo arrastraban hacia afuera, Elena recogió el expediente del suelo. Lo sostuvo un segundo, como despidiéndose de una versión de ella misma que ya no iba a existir.
Luego lo arrojó a la chimenea encendida. Las llamas tomaron el papel con hambre.
La historia entera del supuesto “genio” se convirtió en humo.
Seis meses después, una sala de audiencias en Nueva York estaba llena. No era por un divorcio, sino por un juicio penal.
“El Estado contra Marcos Vance”, anunciaba el letrero.
Los cargos eran claros: fraude corporativo, malversación de fondos, uso indebido de recursos de los empleados. La auditoría que Elena había ordenado había destapado todo lo que él había tratado de ocultar maquillando balances: dinero de fondos de pensión usado para coches, viajes, diamantes.
El juez, con expresión severa, leyó la sentencia: cinco años en una prisión federal y otros cinco de libertad condicional.
Marcos no lloró. Ya se le habían secado las lágrimas. Solo asintió, como si por fin entendiera que ya no había atajos, ni “milagros” pagados por otros.
Mientras lo esposaban, miró hacia el fondo de la sala. Esperaba verla. Aunque fuera para odiarlo. La banca donde imaginó a Elena estaba vacía.
Esa ausencia dolió más que cualquier condena.