Ella ya había pasado de capítulo.
Meses después, el portón de la antigua mansión se abrió, pero no para Lamborghinis, sino para camionetas viejas llenas de jóvenes con mochilas y estuches de instrumentos.
Un letrero nuevo adornaba la entrada: “Centro Cultural Elena Sterling”.
Los jardines estaban llenos de risas, de notas de violín, de bocetos sobre caballetes. Donde antes se presumían coches, ahora se vendían libros y café barato.
Elena observaba todo desde el balcón donde Marcos solía tomarse selfies con su espresso. Ella tenía una taza de té. Sonreía.
Se le acercó un chico moreno, flaquísimo, con un violín en la mano.
—Señorita Sterling… —dijo, nervioso—. Solo quería darle las gracias. Sin la beca, yo seguiría tocando en el camión. Nunca hubiera entrado aquí.
—Aquí es tu casa —respondió ella, dándole una palmada en el hombro—. Ve. Haz ruido. Que tiemblen las paredes.
El chico bajó corriendo.
Ella se tocó el relicario que colgaba de su cuello. Lo abrió. La foto de Marcos ya no estaba. En su lugar, una simple frase grabada:
“Sé fiel a ti mismo”.
“Sé fiel a ti misma.”
Cerró el dije, respiró hondo y entró al edificio, donde ya la esperaban para inaugurar otra sala.
La mansión, la tierra, el poder… por fin tenían el propósito que debieron tener desde el primer día.
No para inflar el ego de un hombre, sino para levantar a quienes nunca habían tenido nada.
Y mientras la música empezaba a llenar los pasillos, Elena entendió del todo la lección que la vida le había dado: cualquiera puede comprar paredes, autos, títulos. Pero muy pocos saben qué hacer con el poder cuando lo tienen.
Ella sí.
Y eso jamás volvería a regalárselo a alguien que no supiera valorar ni siquiera el techo bajo el que dormía.