Se levantó de un salto. Elena estaba en el marco de la puerta, con un vestido verde oscuro que caía hasta el piso, escoltada por dos guardias y por Arturo.
—¿Cuánto tiempo…? —balbuceó Marcos.
—Desde que tocaste la cerca, Marcos —respondió ella—. Hay cámaras térmicas en toda la propiedad. Ya no es tu parque de diversiones.
Él señaló el expediente con una mano temblorosa.
—¿Tú… tú moviste cada ficha?
—Yo apoyé todo —lo corrigió—. Hay diferencia. No quise hacerte menos. Quise darte confianza. Pensé que si te sentías seguro, si te sabías amado, ese buen hombre que vi en ti desde la biblioteca iba a salir. Pero mientras más te daba, menos me veías.
Se acercó un paso. Había tristeza en su mirada… pero no duda.
—Puedo cambiar —dijo Marcos, cayendo de rodillas—. ¡Por favor, Elena! Lo veo todo claro ahora. Haré lo que sea. Firmo lo que quieras. Trabajo de mensajero si es necesario. Solo… no me dejes allá afuera sin nada. Sin ti.
Por un instante, el corazón de ella titubeó. Recordó noches de pizza en cajas de cartón, cuando no había un peso pero sí planes; lo recordó enfermo, dormido en el sillón mientras ella revisaba números para salvar su empresa.
Luego miró el anillo nuevo en su mano, el sello de su familia.
—No puedo —dijo—. Porque ya entendí algo: tú no me amabas a mí. Amabas cómo te hacías sentir frente a mí. Amabas verte como “el millonario hecho a sí mismo” mientras yo me desaparecía en el fondo. Ese espejo se rompió. Y no pienso pegarlo otra vez.
Se volvió hacia los guardias.