Marcos se quedó solo, con la bata pegada, la lluvia retomando fuerza y una mansión atrás que, de pronto, ya no se sentía suya.
Cuando quiso entrar a buscar sus cosas, la cerradura digital parpadeó en rojo.
“Acceso denegado.”
Recordó las últimas palabras de Elena antes de irse: “Llévate solo lo que trajiste”.
Miró sus pies desnudos, sus manos vacías.
Era exactamente lo que le quedaba.
Tres semanas después, la lluvia se había cambiado por el neón. Marcos se sentaba en el borde de una cama hundida en un motel barato a las afueras de Queens. La alfombra olía a cigarro viejo y cloro; el letrero parpadeaba detrás de las cortinas.
Su reloj carísimo ya no estaba. Lo había empeñado para pagar la primera semana de renta y a un abogado de tercera que aceptó escuchar su historia.
—Tiene que haber algo —bramó por el celular de prepago—. Me robó la empresa, la casa…
—Señor Vance, bájele —suspiró el abogado—. Ella no le robó nada. Legalmente, era suya. La mayoría accionaria, el terreno, el fideicomiso. Usted firmó todo. Y los Sterling no son gente con la que uno quiera pelear. Hoy mismo me llamó un despacho muy fino para “sugerirme” que deje de presentar recursos absurdos… o me rompen la licencia.
—¿Entonces me deja tirado? —preguntó Marcos, con la voz quebrándose.
—Estoy intentando no quedarme sin trabajo —respondió el abogado—. Quédese con el cheque. Doscientos mil dólares no son malos. Es más de lo que mucha gente en este país va a ver en su vida. Suerte, señor Vance. Y no me vuelva a llamar.
Colgó.