Se giró ligeramente hacia la mesa.
—Para tu información, cancelé la salida a bolsa de Vance Tech —añadió—. El consejo, que soy yo, considera que el CEO tomó decisiones personales de alto riesgo que afectan la reputación de la marca. Te removí del cargo esta mañana.
—No puedes hacer eso, es mi compañía —gritó Marcos, dando un paso hacia la pantalla—. ¡Es mi vida!
—El 61% de tus acciones pertenecen al grupo Ángel —dijo ella—. Y el grupo Ángel soy yo. Ya voté. Tienes una hora para abandonar el predio. Después de eso, las claves del perímetro cambian y cualquier persona en la propiedad será considerada invasora.
Marcos se puso de rodillas en la grava, sin importarle que la bata se llenara de tierra.
—Por favor, Elena. Me equivoqué. Estaba estresado. Ella no significa nada —señaló a Jessica con la cabeza—. Eres tú. Siempre has sido tú.
—Demasiado tarde —dijo ella, mirando su reloj—. Por cierto, te dejé un cheque en el buzón. Doscientos mil dólares. Un finiquito bastante generoso para un hombre de gustos tan… simples.
La imagen se cortó. Las pantallas quedaron negras.
Jessica hizo cuentas mentales.
—¿Doscientos mil? —repitió, con el ceño fruncido. Luego miró la casa, los coches que se alejaban, a Marcos en el suelo—. Estás… ¿quebrado?
—Podemos arreglarlo, Jess —balbuceó él—. Consigo un buen abogado, recupero la empresa…
—Necesitas un milagro —lo interrumpió—. Y yo no salgo con tipos arruinados con exes millonarias que pueden borrarlos del mapa. Bye.
Se acomodó el bolso, se dio media vuelta y empezó a caminar hacia la salida, dejando su taconeo como único recuerdo.