—Bebé, ¿qué pasa? El WiFi no sirve, el chef no está, y…
Se detuvo al ver la grúa enganchando el Porsche.
—¡Oh my God! ¿Qué hacen con el coche? ¿Es una broma? ¿Estamos en una cámara escondida?
—Deja de grabar —le gruñó Marcos, apartándole el celular.
—¡No me hables así! Yo no soy Elena —respondió ella, ofendida.
—No, no lo eres —masculló él—. Elena sabría cómo arreglar esto.
El gran portón de vidrio que daba al jardín se encendió de golpe. Las pantallas digitales decorativas del driveway cambiaron de los paisajes habituales a una sola imagen: una sala de juntas de cristal, una mesa larga, ejecutivos en fila… y al centro, Elena.
Ya no llevaba suéter y jeans. Vestía un traje sastre blanco impecable, el cabello suelto y perfectamente peinado. Parecía otra persona. O quizás, por primera vez, la persona que siempre había sido.
El audio se activó en los altavoces exteriores.
—Buenos días, Marcos —su voz llenó el aire, clara, agrandada—. Veo que ya recibiste el aviso de desalojo.
Todos se quedaron inmóviles. Hasta los choferes de la grúa levantaron la vista.
—¿Eres… una Sterling? —balbuceó él—. ¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque quería un esposo, no un parásito —contestó ella—. Te apoyé. Te amé. Literalmente construí el piso donde caminabas. Y cuando encontraste algo más “brillante”, me aventaste al lodo como basura.