Colgó. Le temblaban las manos.
En ese momento, el timbre sonó con insistencia. No el tono amable de las visitas, sino un zumbido largo, autoritario.
Abrió la puerta.
Dos hombres con trajes oscuros y auriculares discretos estaban parados en el pórtico. Detrás de ellos, una grúa empezaba a maniobrar frente al garage.
—¿Puedo ayudarlos? —espetó Marcos, plantándose con los brazos cruzados.
—¿Señor Marcos Vance? —preguntó el más alto, revisando una tabla.
—Sí.
—Venimos a recuperar activos de Vance Tech y de su principal inversionista. Autos corporativos, principalmente.
Marcos soltó una carcajada nerviosa.
—Yo soy el CEO. Yo soy el inversionista.
—En realidad, señor —dijo el hombre, imperturbable—, según la notificación presentada hoy a las seis de la mañana, el grupo mayoritario de inversionistas ha ejecutado la cláusula de incobrabilidad. Sus acciones están congeladas y se embarga el patrimonio puesto como garantía.
—¿Qué garantía?
—Los vehículos en el garage, cuentas ejecutivas… —enumeró, señalando hacia los autos—. El resto, lo verá con sus abogados. Le recomendamos que no obstruya el procedimiento.
Jessica bajó las escaleras en ese momento, con una camisa de Marcos puesta, el celular en la mano.