Siguió leyendo. “Se le notifica la rescisión inmediata del contrato de uso del terreno ubicado en 108 Ocean Drive. A partir de este momento, todas las construcciones y mejoras pasan a ser propiedad exclusiva del arrendador. Cuenta con 48 horas para desalojar el predio. De no hacerlo, será retirado por seguridad privada”.
Marcos se rio, nervioso.
—Estafadores… —arrugó la hoja y la tiró—. ¿Arrendamiento? Yo compré esta casa. Esto es mío.
Marcó a su abogado, caminando de un lado a otro de la cocina vacía.
—Dave, me llegó una estupidez de carta de una tal Argos Land. ¿Quiénes son?
Hubo silencio al otro lado.
—¿Dave?
—Marcos… —la voz sonaba tensa—. Justo estaba revisando eso. Pensé que tenías la escritura de la tierra. Pero en el registro del condado figura solo la licencia de construcción. El terreno está a nombre de una empresa de papel. Y en los estatutos dice que si te divorcias… se acabó el contrato.
Marcos sintió cómo le caía un sudor frío en la nuca.
—Arréglalo. No me importa cuánto cueste. Compro el terreno. Demándalos. ¿Quién está detrás de Argos?
—Ahí está el problema —dijo Dave—. Argos está a nombre de una compañía en las Caimán, que a su vez pertenece a un fideicomiso en Delaware. Es una muralla. No hay nombre.
—Siempre hay un nombre —gruñó Marcos—. Encuéntralo.