El Huevo del Diablo

Aquella mañana no tenía ningún plan especial.

Me levanté a las siete, calenté el café del día anterior porque soy de los que reutilizan el café sin culpa, y salí al patio trasero en pantuflas y con la regadera en la mano. Era uno de esos martes de otoño donde el aire todavía tiene algo de verano pero ya huele a tierra mojada y a hojas próximas a caer. Mi patio no es grande, apenas un rectángulo con canteros a los lados, un limonero que da más trabajo que limones y el rincón donde los gatos del barrio han convertido en territorio propio sin pedirme permiso

Abrí la puerta y me golpeó el olor.

No fue gradual. Fue inmediato y total, como si alguien hubiera abierto algo que llevaba tiempo cerrado. Un olor denso, orgánico, húmedo, con ese componente metálico que el cerebro reconoce de manera instintiva como señal de alarma. Me cubrí la nariz con el antebrazo y di dos pasos hacia el cantero.

Y entonces lo vi.

Estaba en el suelo, junto a las piedras del borde del cantero, parcialmente cubierto por la hierba. Era una especie de saco blancuzco, gelatinoso, del tamaño aproximado de una pelota de tenis, y de su interior asomaba algo rojo. No era un rojo vivo sino un rojo oscuro, casi coral, húmedo, con una textura que desde la distancia parecía a la vez esponjosa y viscosa. Y se movía. No con el movimiento de un animal sino con el movimiento lento e inevitable de algo que crece, que se expande, que está saliendo de algún lugar hacia afuera.

Retrocedí tres pasos.

Mi cabeza hizo en dos segundos el recorrido completo por todas las explicaciones posibles y ninguna era tranquilizadora. Un animal muerto en proceso de descomposición. Algún tipo de larva enorme. Algo que los gatos habían arrastrado desde quién sabe dónde. Los pensamientos más irracionales también aparecieron, porque el cerebro humano frente a lo desconocido no distingue entre lo probable y lo imposible.

 

 

 

 

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