Cuando Marcela llegó a casa aquella tarde de octubre con una sonrisa que no le veía desde hacía meses, supe que algo se traía entre manos. Había estado distante durante todo el año, absorta en su teléfono, respondiendo con monosílabos y evitando mis abrazos. Yo, Andrés, había atribuido su comportamiento al estrés del trabajo. Después de doce años de matrimonio, uno aprende a darle espacio a la pareja, o eso creía yo.
—Tengo una sorpresa —dijo, apoyando dos sobres sobre la mesa del comedor—. Un crucero por el Caribe. Siete días. Para celebrar nuestro aniversario. Salimos el viernes.
La miré atónito. Marcela odiaba los barcos. Se mareaba con solo ver el mar desde un muelle. Sin embargo, allí estaba, mostrándome los boletos con un entusiasmo casi teatral. Quise creerle. Quise pensar que estaba intentando salvar lo que quedaba entre nosotros. Acepté sin dudar, aunque una parte de mí, esa voz que siempre ignoramos, susurró que algo no cuadraba.
El embarque y las primeras señales extrañas
El viernes abordamos un crucero enorme, blanco y reluciente, en el puerto. Marcela había reservado una suite con balcón, un lujo que superaba nuestro presupuesto habitual. Cuando le pregunté cómo había podido pagarlo, me respondió con una sonrisa vaga que había estado ahorrando en secreto. No insistí. Quería creer.
Durante la primera cena, ella pidió champán y brindó por «los nuevos comienzos». Sus ojos, sin embargo, no me miraban a mí. Se desviaban constantemente hacia una mesa cercana donde cenaba un hombre alto, de barba recortada, vestido con un traje de lino claro. Cada vez que sus miradas se cruzaban, ella bajaba los ojos y sonreía apenas. Fingí no darme cuenta.
Esa misma noche, mientras yo me servía agua del minibar, escuché a Marcela hablar por teléfono desde el balcón. Hablaba bajo, pero el viento me trajo fragmentos: «…mañana en la excursión… todo está listo… no te preocupes por él». Cuando entró, le pregunté con quién hablaba. Me dijo que era su hermana. Su hermana llevaba tres años viviendo en Europa y nunca la llamaba a esa hora.