El susurro que lo cambió todo
A la mañana siguiente, mientras Marcela dormía, salí a buscar café al pasillo. Una empleada joven, de uniforme azul, empujaba un carrito de limpieza. Al pasar junto a mí, tropezó ligeramente y me sujetó del brazo. Su mano temblaba. Se acercó tanto que sentí su aliento en el oído.
—Señor, si quiere vivir, no pregunte nada. No tome bebidas que su esposa le ofrezca. No baje del barco en la próxima excursión. Por favor.