“Nos estamos quedando sin tiempo.”
Fuera del muro de cristal, sin que nadie que estuviera dentro lo notara, se encontraba León García.
Catorce años.
Hijo del limpiador nocturno.
Invisible por diseño.
Había aprendido desde pequeño a no llamar la atención. En una casa donde el arte estaba asegurado por millones, a niños como él se les enseñaba a moverse en silencio, hablar suavemente y desaparecer rápidamente.
Pero León no estaba mirando a los médicos.
Él estaba mirando la ventana.
En la maceta.
Había llegado días antes: envuelto para regalo, elegante y caro. Hojas de color verde oscuro con un brillo ceroso. Flores pálidas en forma de campana, veteadas de púrpura, delicadas como la porcelana.
El estómago de León se retorció.
Su abuela le había enseñado esa planta hacía años en el jardín de su barrio. Sostuvo la hoja entre los dedos y dijo con calma:
Ser bonito no significa estar seguro. Hay belleza que te paraliza el corazón.
Dedalera.