Diecisiete veces, los mejores médicos del mundo habían pasado por delante de esa planta.
Ninguno de ellos la vio.
A León le temblaban las manos. Miró hacia el pasillo. Al guardia. Luego hacia la cocina de servicio, donde su madre estaba paralizada, con el miedo grabado en el rostro; la misma lección que le había repetido toda la vida:
— "Mantente invisible, León. Cuídate. No les des una razón para que nos echen".
León pensó en qué pasaría si se equivocaba.
Luego pensó en qué pasaría si tenía razón... y no dijo nada.
Y corrió.
Irrumpió en la habitación de los niños.
Dieciocho cabezas se giraron. La sorpresa se convirtió en confusión, y luego en rabia.
— "¿Quién es este niño?"
— "¡Seguridad!"
— "¡Sáquenlo de aquí!"
El aire olía a antiséptico... a miedo... y a algo dulce y podrido, como flores marchitas. León fijó la mirada en la cuna. Julián yacía inmóvil, de un azul grisáceo y desvanecido. — ¡LA PLANTA! —gritó León con la voz entrecortada—.
— ¡La planta de la ventana! ¡Es digital, es veneno!
Unas manos lo agarraron. Lo levantaron del suelo. Arturo Santillán se abalanzó sobre él, con la furia ardiendo en los ojos.
— ¿Quiénes son? —ladró—. ¡Sáquenlo! ¡Ya!
León pateó, desesperado.
— ¡Mi abuela me enseñó! ¡El aceite se pega a las manos, a las superficies! ¡El bebé lo está respirando!
Un médico se burló. «Esto es ridículo».
Y algo dentro de León finalmente se rompió.