Digitalis.
Veneno.
Recordó algo más: el residuo pegajoso que dejó. La misma película amarillenta que había visto antes en los guantes del jardinero… después de que el hombre ajustara la planta y limpiara los barrotes de la cuna del bebé «para presentarla».
Por aquella planta habían pasado diecisiete médicos.
Nadie lo había visto.
León sintió que se le aceleraba el pulso.
Al final del pasillo, vio a su madre en la cocina de servicio, asustada, agotada, repitiendo la regla que le había enseñado toda su vida:
No te metas. Que no te vean.
Pero el monitor de Julián volvió a gritar.
Y León sabía algo peor que ser visto.
Estar en silencio.
Él corrió.
Seguridad gritó. Los zapatos resbalaron en el suelo pulido. Alguien lo agarró de la manga, pero se soltó y entró corriendo en la guardería.
Dieciocho cabezas se giraron.