Junto a ella había otra nota.
«Si algún día encuentras esto, utiliza el dinero para cumplir un sueño pendiente. No quiero que gastes tus últimos años llorando mi ausencia. Quiero que vivas.»
Ya no pude contener el llanto.
El hombre que compró el coche permaneció en silencio.
Finalmente me entregó las llaves.
—Creo que este automóvil le pertenece.
Miré el vehículo durante varios segundos.
Luego miré la carta.
Y por primera vez en décadas sonreí.
—No.
—¿No?
—Creo que Elena quería exactamente lo que acaba de ocurrir.
Guardé la carta junto a mi pecho.
—Pasé treinta años cuidando este coche porque tenía miedo de perderla por completo.
—¿Y ahora?
—Ahora entiendo que nunca la perdí.
Semanas después llamé a Daniel.
Nos reunimos para hablar.
Fue una conversación difícil.
Hubo lágrimas.
Hubo disculpas.
Hubo verdades que ambos necesitábamos escuchar.