Le mostré la carta de su madre.
Cuando terminó de leerla, tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Lo siento, papá.
—Yo también cometí errores.
—Nunca quise lastimarte.
—Lo sé.
Por primera vez en muchos años nos abrazamos.
Meses después utilizamos parte del dinero que Elena había dejado para realizar un viaje familiar.
Mientras observaba el atardecer durante aquel viaje comprendí algo que cambió mi vida para siempre.
Los recuerdos más valiosos no viven dentro de las cosas que conservamos.
Viven dentro de nosotros.
Y ninguna venta, ninguna pérdida y ningún garaje vacío puede arrebatarnos aquello que realmente llevamos en el corazón.
Desde entonces, cada vez que pienso en Elena, ya no imagino el viejo Chevrolet azul.
Imagino su sonrisa.
Y eso vale mucho más que cualquier automóvil del mundo.