El espacio estaba vacío.
Completamente vacío.
El Chevrolet había desaparecido.
Me quedé inmóvil.
Pensé que alguien lo había robado.
Pensé que estaba soñando.
Pensé cualquier cosa menos la verdad.
Llamé inmediatamente a Daniel.
Contestó al tercer tono.
—Hola, papá.
—¿Dónde está el coche?
Hubo un largo silencio.
Luego respondió con total tranquilidad.
—Lo vendí.
Creí que había escuchado mal.
—¿Qué dijiste?
—Lo vendí.
—¡¿Cómo que lo vendiste?!
—Claire siempre quiso viajar a París. Necesitábamos dinero. Además, llevas treinta años aferrado a ese coche. Ya es hora de superarlo.
No pude hablar.
Las piernas me fallaron.
Caí sentado sobre el suelo del garaje.
Mientras escuchaba a mi hijo justificar lo injustificable, sentí algo que no había sentido ni siquiera el día del funeral de Elena.
Vacío.