Un vacío absoluto.
Cuando colgué el teléfono me quedé allí durante horas.
Mirando el espacio donde siempre había estado el coche.
Recordando.
Llorando.
Preguntándome cómo mi propio hijo había podido hacer algo así.
Aquella noche no dormí.
Di vueltas en la cama hasta el amanecer.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
A las nueve de la mañana sonó el teléfono.
Número desconocido.
Contesté sin ganas.
—¿Señor Martín?
—Sí.
—Compré el Chevrolet azul.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Hay algún problema?
—Encontré algo dentro del coche.
Fruncí el ceño.
—¿Qué encontró?
—No estoy seguro de qué significa, pero creo que usted necesita verlo personalmente.
—¿Es algo importante?