Después de colgar, puse las manos sobre la mesa. No estaba enfadada; estaba incrédula. Pero había algo más: la oportunidad de poner límites, aunque fuera con elegancia. Y además, una parte de mí disfrutaba de los retos prácticos.
Empecé a hacer un inventario rápido:
Tenía colchonetas de yoga.
Tenía mantas extra recién lavadas.
Tenía la despensa casi vacía, pero el coche con gasolina.
Y, lo más importante, tenía tiempo suficiente para organizar un pequeño caos antes de que llegara uno mayor.
Cogí las llaves, una libreta y salí al coche. Si llegaban en dos horas, tenía 120 minutos para preparar algo que pareciera hospitalidad... dejando claro sutilmente que no iba a ser un hotel gratis.
La llamada llegó justo cuando estaba guardando las últimas cajas en mi cabaña recién comprada.
Una pequeña y encantadora, escondida en un valle tranquilo, donde planeaba pasar mis primeras semanas de descanso tras años de trabajar sin parar. Todavía olía a madera nueva y pintura fresca; los muebles apenas estaban arreglados. Estaba a punto de prepararme una taza de té cuando sonó mi celular.
Era mi nuera, Laura.
—¡Sorpresa! Llegamos en dos horas con veinte de mis familiares. Queremos pasar dos semanas allí. ¿Tienen alojamiento y comida para todos?
Por un segundo pensé que había oído mal. ¿Veinte personas? ¿Dos semanas? ¿Aquí?
Pero hablaba con tanta alegría, con tanta seguridad, que una parte de mí supo al instante que no era broma.