Cerca de la medianoche, oyó los pasos de su madre en el pasillo. Marta abrió la puerta sin llamar.
"¿Qué hacías en el baño con él tanto tiempo?"
—Yo lo estaba ayudando. Alguien tenía que hacerlo.
—Deja de hacerte la mártir, Sofía. No puedes salvar a todos.
—Solo necesito salvarlo.
Cuando Marta salió, Sofía se dio cuenta de que su promesa a Leo no era una reacción repentina: era una declaración de guerra.
Los siguientes días transcurrieron entre silencio y excusas. Marta insistía en que todo había sido un malentendido, que «los niños exageran». Andrés se encerró en su estudio, bebiendo whisky y viendo las noticias, sin prestar atención al temblor constante en las manos de Leo.
Sofía, sin embargo, no podía dejarlo pasar. Cada vez que notaba su mirada irritada, recordaba la risa de sus padres. Comprendió que esa casa no era un hogar, sino una prisión, una jaula construida con burla y miedo.
Una tarde, mientras sus padres discutían en la sala, Sofía buscó en silencio en su computadora un lugar al que pudieran refugiarse. Encontró una organización que ayudaba a víctimas de violencia doméstica: Casa Esperanza, ubicada a las afueras de Valencia. Ofrecía una línea de emergencia y un programa de acogida para menores.
Ella llamó al número.
“Buenas tardes, me llamo Sofía… Tengo dieciséis años. Mi hermano y yo…” Su voz tembló. “Necesitamos ayuda.”
La mujer del teléfono escuchó atentamente. Le dijo a Sofía que usara palabras en clave si alguien se acercaba y que guardara el número con otro nombre.