“Alto. No la entierren. Su hija sigue con vida.” Un niño negro sin hogar corrió hacia el ataúd y reveló una verdad horrible que dejó al millonario sin palabras.
La catedral resplandecía con la tenue luz de las velas, y el silencio en su interior era absoluto. Preston Aldridge estaba sentado en la primera fila, con el rostro devastado, mientras el coro murmuraba sus últimas notas.
Era la despedida de un padre a su única hija, un servicio al que ningún padre quiere asistir. Ese silencio se rompió cuando las pesadas puertas se abrieron de golpe y un niño delgado, con la ropa manchada de tierra, entró tambaleándose.
Corrió por el pasillo central. Su voz se quebró al gritar; cada palabra temblaba de urgencia.
—¡Detengan el entierro! ¡Su hija está viva!
Una oleada de susurros recorrió a la multitud. Algunos invitados retrocedieron; otros lo fulminaron con la mirada, como si hubiera venido a interrumpir el acto sagrado.
Preston se quedó mirando, con la respiración entrecortada. El chico llegó al ataúd y cayó de rodillas, con las palmas apoyadas sobre la madera pálida.
—Me llamo Jace Rowley —dijo, jadeando—. Sé lo que le pasó a Talia. Vi la verdad. Ella no se ha ido.
La seguridad se movió hacia él, pero Preston levantó lentamente una mano.
—Déjenlo hablar.
Jace tragó saliva. Su voz se estabilizó lo suficiente como para continuar.
—Esa noche yo estaba detrás del club. Vi a un hombre arrastrarla hacia el callejón. Le puso una inyección. Al principio pensé que la estaba ayudando, hasta que vi cómo su cuerpo se quedaba inerte.
—Ella seguía viva, pero apenas respiraba. La dejó tirada en la acera porque creyó que nadie la veía.
Un murmullo inquieto se extendió por la sala. Preston sintió un terror helado subirle al pecho.
Jace siguió:
—Intenté despertarla. Grité su nombre. Pedí ayuda, pero nadie viene a mi barrio. La gente ignora las llamadas desde la calle. Me quedé con ella hasta creer que estaba estable. Horas después llegó la policía y dijo que estaba muerta. Se equivocaron.