—¿Hay alguien?… ¡Ayuda!
Cuando ya casi no le quedaba fuerza, escuchó algo nuevo: el motor de un tractor, lento, constante. Luces atravesando el maizal.
—¡Aquí! —gritó, con lo último de aire—. ¡Por favor!
Las luces se detuvieron. Se oyeron pasos pesados.
—¿Quién anda ahí? —preguntó una voz de hombre, grave, gastada por los años.
—Aquí… en el hoyo —jadeó Benedita.
El haz de una linterna la encontró. El hombre soltó un juramento, incrédulo.
—Santo Dios…
Era un campesino, de espalda ancha, manos gruesas. Sin perder tiempo, se arrodilló junto al hoyo y empezó a apartar la tierra con una delicadeza sorprendente.
—Tranquila, doña —dijo—. La voy a sacar de aquí.
Cuando logró liberar sus brazos, la ayudó a incorporarse. Las piernas le temblaban tanto que casi se desplomó, pero él la sostuvo.
—Me llamo Roque —se presentó, mientras la guiaba hacia el tractor—. Tengo una parcela más adelante. Vamos a mi casa, se limpia, descansa y luego vemos qué hacer.
En la cocina humilde de Roque, con una manta sobre los hombros y una taza de té caliente entre las manos, Benedita empezó a temblar… ahora sí, de shock.
—Tenemos que ir a la policía —insistió Roque, con la mandíbula apretada—. Lo que le hicieron es un crimen.