La vereda de tierra que serpenteaba junto al maizal abandonado estaba casi negra, iluminada solo por la luz plateada de la luna colándose entre las nubes.
Los pasos de doña Benedita hacían un crujido suave sobre la gravilla, un ritmo constante que la acompañaba mientras sus pensamientos volvían a los acontecimientos del día.
La iglesia del pueblo estaba animada: preparaban la fiesta de Acción de Gracias. Como siempre, doña Benedita se había ofrecido a ayudar con la limpieza, aunque la espalda le dolía y las rodillas se quejaban cada vez que se agachaba.
Había pasado horas fregando bancas, doblando trapos, acomodando sillas. Tenía las manos llenas de callos de tantos años de trabajo, pero encontraba paz en esos pequeños actos de servicio.
En la mano derecha llevaba una bolsa de papel con comida. Era para don Zeca, un vecino anciano que llevaba semanas enfermo, solo en casa.
No era mucho: un guiso sencillo, pan recién hecho, un poco de fruta. Pero para Benedita, eso era lo que daba sentido a su fe: hacer lo que pudiera por los demás, aunque casi nadie se diera cuenta.
A ambos lados del camino, los tallos secos de maíz susurraban con el viento. El maizal estaba abandonado desde que el dueño se había marchado; bajo la luz pálida de la luna, las plantas muertas parecían centinelas torcidos, vigilando en silencio.
A doña Benedita no le gustaba pasar por ahí de noche, pero era el atajo más rápido hacia su casa. Murmuró una oración en voz baja, como tantas veces:
—Señor, acompáñame… y cuida de los que no tienen a nadie.
Vivía desde hacía décadas en aquel pueblo pequeño del interior, donde todo el mundo se conocía… o creía conocerse.
Algunos la saludaban con cariño. Otros giraban el rostro, fríos e indiferentes. Ser una de las pocas personas negras de la región nunca había sido fácil. El prejuicio era como una mala hierba vieja: nadie la admitía en voz alta, pero seguía creciendo, aferrada al suelo de aquella comunidad.
Un resplandor repentino quebró sus pensamientos. Faros a lo lejos.