Una camioneta se aproximaba por detrás, el motor rompiendo el silencio de la noche. Benedita se orilló instintivamente, con el corazón acelerado. Esperaba que el conductor simplemente pasara… pero el vehículo redujo la marcha hasta detenerse a su lado.
En la cabina iba el chofer. En la parte de atrás, cinco muchachos del colegio, conocidos por sus bromas pesadas y su soberbia.
—Miren nada más lo que tenemos aquí —canturreó una voz burlona.
No necesitaba ver bien para saber de quién se trataba: Joca, el líder del grupo. Alto, ancho de hombros, siempre con una sonrisa torcida. Hijo del dueño de la ferretería más grande del pueblo, acostumbrado a sentirse intocable.
Doña Benedita no detuvo el paso. Mantuvo la cabeza erguida.
—Buenas noches —dijo con firmeza, esperando desencajarles el juego.
Joca saltó de la camioneta y cayó sobre la tierra con un golpe seco.
—Buenas noches, doña… —repitió, imitando su voz—. Qué noche tan bonita, ¿no?
Las risas de los otros resonaron sobre el maizal. Solo uno no se rió: Thiago, un chico delgado, ojos inquietos. Se quedó atrás, mirando de Joca a la mujer, con el rostro tenso.
—Voy a mi casa, muchachos —dijo Benedita, sin cambiar el ritmo—. Les agradecería que me dejaran pasar.
Joca se puso delante de ella, bloqueándole el camino.
—¿Y qué prisa lleva? La noche está joven. Podríamos… platicar un ratito.