—No quiero problemas —contestó ella, mirándolo directo a los ojos.
—¿Problemas? —se burló él, volviéndose hacia sus amigos—. ¿Oyeron? Dice que somos problemas.
Las risas forzadas volvieron. Se notaba la tensión escondida debajo de aquella bravata de adolescentes.
—Déjala ir, Joca —murmuró Thiago, casi en un susurro.
Todas las miradas se clavaron en él. El gesto de Joca se endureció.
—¿Qué dijiste, Thiaguito? ¿Te estás ablandando?
Thiago bajó la vista.
—Es tarde… deberíamos irnos.
Joca se inclinó hacia Benedita, tan cerca que ella pudo oler el alcohol en su aliento.
—¿Sabes? —susurró—. A veces hace falta darle una lección a la gente que se cree mejor que uno.
El estómago de Benedita se revuelve, pero no baja la mirada.
—No quieren hacer esto —dijo, tranquila—. Se van a arrepentir.
—Agárrenla —ordenó Joca, sin escucharla.
Todo ocurrió muy rápido. Dos de los muchachos le sujetaron los brazos, con una fuerza brusca. La bolsa con comida cayó al suelo, el guiso derramándose sobre la gravilla. Benedita intentó zafarse, pero eran demasiados.