—¡No! —gritó, mientras la arrastraban hacia las sombras del maizal—. ¡Suéltenme!
La última imagen que vio, antes de que las plantas secas la tragaran, fue el rostro pálido de Thiago. Parado, inmóvil, con el horror marcado en los ojos.
El maizal crujía bajo sus pies. Joca iba al frente, alumbrando con una linterna el camino entre los tallos muertos. Atrás, los otros caminaban en silencio, tragándose el miedo.
Se detuvieron junto a un hueco en la tierra, un hoyo poco profundo que algún niño había cavado semanas atrás para jugar.
—Ahí mismo —dijo Joca, con una sonrisa fría—. Pónganla dentro.
—Esto está mal, Joca —murmuró Cris, otro de los chicos, delgado, encorvado—. Ya basta.
—¿Te dio miedo un poco de tierra? —se burló Joca, acercándosele—. Si quieres, te enterramos a ti.
Cris calló, la cara desencajada.
Empujaron a Benedita dentro del hoyo. Cayó de rodillas, las manos hundiéndose en la tierra húmeda. Antes de que pudiera levantarse, empezaron a tirarle tierra encima. Puñados, montones, hasta que le cubrieron las piernas, la cintura, el pecho.
La respiración se le hizo corta. El olor a tierra le llenó la boca y la nariz.
—¿Creen que esto los hace hombres? —gritó, con la voz rota pero firme—. Lastimar a una vieja… No son más que cobardes.
El gesto de Joca se crispó. Le lanzó un puñado de tierra al rostro.