—Hablas demasiado.
Thiago no soportó más.
—¡Ya basta, Joca! —soltó, temblando—. Déjala ir.
Joca le apuntó con la linterna a la cara.
—Escuchen bien —rugió—. Nadie va a hablar de esto. Si caigo yo, caen todos.
El hoyo ya cubría casi todo el cuerpo de Benedita. Solo su cuello y su rostro sobresalían, manchados de tierra y lágrimas. Aun así, sus ojos seguían fijos, encendidos.
—Vete, muchacho —le dijo a Thiago, en voz baja—. Antes de que él venga contra ti también.
El grupo se dio la vuelta. Las risas nerviosas se fueron apagando entre los tallos resecos. El ruido de la camioneta alejándose quedó flotando a lo lejos.
El maizal volvió al silencio.
Bajo la luz de la luna, sola, medio enterrada, doña Benedita cerró los ojos.
—Dios mío… —susurró—. No permitas que mi vida termine por la crueldad de unos niños perdidos. Y, si salgo de aquí… dame fuerzas para no odiar.
No supo cuánto tiempo pasó. El frío de la tierra le entumecía las piernas. Cada respiración dolía. De vez en cuando llamaba, pero su voz se iba volviendo ronca, apenas un hilo: