Negué con la cabeza.
Lamentar haber perdido a alguien que no te valoró, eso es lamentable.
Pero lamentar a un imbécil que te menosprecia, eso sí que es una tontería.
Un mes después, Ricardo me citó.
Fui, solo para ver en qué se había convertido el hombre que creyó haber ganado.
Estaba más delgado, con ojeras profundas.
—Elena… perdóname.
—No necesito esa disculpa.
—Me equivoqué.
—Si te equivocaste o no, ya no importa. Lo importante es que sepas lo que perdiste.
Ricardo bajó la cabeza:
—Aún me quieres, ¿verdad?
Me reí. Nunca una pregunta me pareció tan ridícula.
—Me quiero a mí misma, eso es lo primero.
—Pero… no puedo vivir sin ti.
—Sí puedes. ¿No estás intentándolo?