Todo era lujo.
Automóviles de alta gama. Trajes exclusivos. Joyas. Conversaciones sobre inversiones, clínicas privadas y residencias en el extranjero.
Aun así, estaban orgullosos.
Su sacrificio había valido la pena.
Cuando terminó la ceremonia, buscaron a Emilia entre la multitud. La encontraron rodeada de compañeros elegantemente vestidos y de familias adineradas.
Don Ernesto se acercó sonriendo y le entregó las flores.
—Felicidades, hija. Lo lograste.
Durante un instante, Emilia pareció quedarse sin aire.
Uno de sus compañeros preguntó quiénes eran aquellas personas.
Y entonces sucedió algo que ninguno de ellos olvidaría jamás.
—Son unos familiares lejanos del interior —respondió ella, impidiendo mirarlos directamente.
El corazón de don Ernesto se detuvo por un instante.
Pero lo peor vino después.
Mirando nerviosamente a sus nuevos amigos, Emilia se acercó y susurró:
—Abuelo… por favor, sería mejor que se fueran. No quiero dar una mala impresión.
No hubo gritos.