Estos no eran policías.
Eran “limpiadores”.
Y Helena acababa de convertirse en su objetivo.
Al amanecer, Helena llegó al departamento de Aaron Malik, un exanalista cibernético del Ejército que una vez la había sacado de un desastre de filtración de datos en Afganistán. Si confiaba en alguien, era en él. Puso la USB chamuscada sobre su escritorio.
—Esta cosa quedó “cocinada” —murmuró Aaron—. Alguien no quería que quedara nada.
—¿Puedes recuperarla?
Aaron esbozó una sonrisa fina.
—Si alguien puede, lo tienes frente a ti.
Mientras él trabajaba, Helena revisó registros públicos y documentos gubernamentales sobre Carter Defense Systems, la empresa de Marcus. Cuanto más profundizaba, más oscura se volvía la imagen: empresas fantasma, vacíos legales de subcontratación, alianzas extranjeras secretas… demasiadas banderas rojas para creer en coincidencias.
Al mediodía, Aaron la llamó.
—Helena… esto es grave.
De la USB recuperó memorandos cifrados, registros bancarios en el extranjero y un mensaje escalofriante marcado en el archivo personal de Emily:
“Si se niega a firmar el acuerdo de confidencialidad, inicien el Protocolo Willow.”