“Si algún día me pasa algo, por favor, no creas todo lo que diga Julián”.
Ese mismo día fui al cementerio. A los pies de la tumba encontré una muñeca vieja con vestido rojo .
La misma que yo guardaba en una caja en mi armario.
Esa noche llegó Mateo , mi sobrino. Le conté todo. Fue directo:
—Esto no suena sobrenatural. Sueña armado .
Revisamos papeles del accidente. Aparecieron detalles ignorados: frenadas extrañas , fallas mecánicas, informes confusos.
—Hay accidentes que se fabrican —dijo.
A la madrugada, el teléfono volvió a sonar.
—No confíes en Julián.
Le pedí algo concreto. Antes de cortar, dijo:
—Ve al lugar donde nací… ahí escondieron algo. Busca mi nombre.
Investigamos el centro de salud. En los registros, un número borrado. Donde debía haber uno… había sombra de dos .
—Hace años hubo adopciones irregulares —susurró una empleada—. En esos tiempos se entraban rápido.
Esa noche, Mateo sufrió un accidente. Frenos fallidos.
Volví a casa con su mochila. Y al entrar al comedor, la vi.
Una mujer sentada a mi mesa. Dos tazas de té.
—Papá —dijo—. Perdón por entrar sin avisar.
Era el rostro de Camila.
Golpearon la puerta. Era Julián.
Habló de brotes, de residencias, de “cuidarme”.