—No —respondió Roberto—. Las encontré en la calle. Traje a la pequeña. Si no las hubiera escuchado, la bebé estaría muerta.
Márcia anotó algo en su formulario.
—Aun así, señor Acevedo, el Consejo Tutelar debe intervenir. No podemos permitir que dos menores queden bajo la responsabilidad de un desconocido solo porque tiene buena voluntad y… recursos.
La palabra “recursos” quedó flotando en el aire como una acusación.
Por primera vez en años Roberto sintió rabia, de la verdadera.
Quiso responder que no se trataba de dinero. Se trataba de no abandonar a quien ya había sido abandonado demasiadas veces. Pero se contuvo. Miró a Lía, encogida en la silla, abrazando sus rodillas, escuchando cada palabra.
No podía convertir esa batalla en una guerra de gritos.
Cuando llegó la madrugada, un médico salió al fin de la UCI.
—La bebé está muy grave —informó—. Desnutrición severa, neumonía avanzada. Pero… reaccionó al tratamiento.
Si supera las próximas 48 horas, las posibilidades aumentan.
Lía rompió a llorar, esta vez de alivio. Se lanzó a los brazos de Roberto sin pensarlo. Él la sostuvo, sintiendo que algo en su interior, tan congelado desde hacía años, empezaba a derretirse.
Los días pasaron entre informes médicos y visitas de asistentes sociales.
El Consejo Tutelar abrió un proceso. Había que investigar el pasado de las niñas, buscar familiares, analizar opciones de adopción.