Los meses siguientes no fueron perfectos. Hubo visitas de asistentes sociales, evaluaciones, preguntas. Hubo noches de fiebre, miedos que regresaban, pesadillas de callejones fríos.
Pero también hubo cumpleaños celebrados por primera vez, primeros días de escuela, Julia corriendo torpe por el jardín, Lía riéndose con la boca llena de pasta de dientes, Roberto aprendiendo a hacer trenzas y a leer cuentos antes de dormir.
Una noche, Lía se asomó a su habitación con una manta en los brazos.
—¿Puedo preguntarte algo… papá? —dijo, probando la palabra con timidez.
El corazón de Roberto dio un vuelco.
—Claro, hija.
—¿Crees que algún día… seré demasiado pesada? —preguntó ella—. Como para que ya no quieras cargar conmigo.
Él se arrodilló, le tomó las manos y la miró directo a los ojos.
—Escúchame bien, Lía —respondió—. No eres una carga. Ni tú ni Julia.
Ustedes son la razón por la que esta casa volvió a tener luz. No voy a cansarme de ustedes. Nunca.
La niña sonrió por completo, por primera vez sin sombra de miedo. La abrazó con tanta fuerza que Roberto sintió que, de algún modo, también estaba abrazando a Clara, allí donde estuviera.