Luego citó a su chofer de confianza, le pagó una liquidación generosa y le pidió discreción total. El hombre, agradecido, aceptó sin hacer preguntas.
Después vino la transformación. Sebastián se cortó el cabello, se dejó barba rala, se puso lentes, cambió la postura. Compró ropa gastada, zapatos sencillos. Practicó una voz más baja, menos segura. Se registró en una agencia de autos privados con un nombre falso: Tomás Morales.
Camila, sin sospechar nada, aprobó al “nuevo chofer” con un gesto indiferente, como si un empleado fuera una silla más en la casa.
Al día siguiente, Sebastián regresó a su propia mansión manejando un sedán negro.
Se sintió como un fantasma entrando a su vida.
El portón se abrió. El guardia ni lo miró a los ojos. En el patio, la fuente sonaba. Todo estaba igual… excepto él.
Lupita fue la primera en verlo. Lo saludó con educación, mirando el uniforme y la actitud profesional.
—Buenos días.
Camila apareció unos segundos, impecable, el celular en la mano.
—De aquí en adelante, me lleva a donde le diga y no se mete en nada —ordenó, sin siquiera presentarse.
Mateo lloró a lo lejos. Un llanto suave que se fue convirtiendo en protesta.
Sebastián sintió un golpe en el pecho. Su instinto era correr, levantarlo, decirle “aquí estoy”. Pero no podía. No en ese personaje. No si quería ver la verdad completa.
Se tragó el dolor.
Se movió por la casa como un extraño: la cochera, la sala de espera del chofer, el asiento delantero. Escuchaba todo. Observaba todo.
Y lo que vio confirmó las palabras de Lupita con una claridad que le ardió.
Camila entregaba a Mateo a Lupita como quien pasa un bolso.
—Que no llore —decía—. Me estresa.
Cuando el bebé lloraba durante una prueba de maquillaje o una llamada, Camila no iba. Ni preguntaba. Solo suspiraba fuerte, como si el llanto fuera un ataque personal.
En cambio, Lupita era una constancia silenciosa. Alimentaba a Mateo con precisión, revisaba las notas del pediatra, preparaba biberones como si fueran medicina. Lo cargaba cuando tenía gases, lo arrullaba cuando se asustaba. No se quejaba. No pedía nada. Solo cuidaba.