Lupita fue precisa, como si supiera que la verdad sin detalles se deshace. Le habló de retrasos “casuales” en las tomas, de veces que Camila pedía que el bebé “se mantuviera callado” porque tenía videollamadas, de comentarios como “qué fastidio” cuando Mateo lloraba. Le describió la frialdad que, en cuanto Sebastián aparecía, se convertía en una sonrisa maternal, un “ay, pobrecito” y un beso teatral en la frente.
—Yo anoto horarios, señor. Por el pediatra. Y… no coinciden. No siempre. No con ella.
Sebastián la escuchó, pero su mente se defendió con una frase cómoda.
—Tal vez estás interpretando mal. Camila solo… se está adaptando.
Adaptarse. Esa palabra le permitió guardar el miedo en un cajón.
Pero la duda ya había echado raíz.
Esa misma noche llamó a su amigo y abogado, Arturo Velasco, el único que podía hablarle sin reverencia.
—Sebas —dijo Arturo después de escuchar—, pon cámaras. Ocultas. Y actúa solo cuando tengas pruebas.
Sebastián sintió rechazo instantáneo. “Vigilar” a Camila le sonaba a traición.
—No. Eso sería… cruzar una línea.
Arturo soltó un suspiro.
—A veces la línea ya está cruzada, compadre. Solo no lo quieres ver.
Sebastián cortó la llamada con la garganta apretada. Se quedó viendo a Mateo dormir. El niño respiraba con esa confianza absoluta que solo tienen los bebés: creen que el mundo los cuidará porque alguien debe cuidarlos.
Y Sebastián, de pronto, ya no quiso “creer”. Quiso ver.
Pero sin cámaras.
Sin intermediarios.
Con sus propios ojos.
Así nació el plan más absurdo… y más peligroso… que había hecho en su vida.
Anunció un viaje de negocios a Singapur. Voló rumores, mandó correos con horarios, armó videollamadas falsas con un asistente. Hizo que el calendario pareciera implacable. “No estaré disponible”. “Estoy en el extranjero”. “Reuniones todo el día”.