Un hombre al final de su camino
Grant Aldridge, un magnate inmobiliario de 61 años de Seattle, había pasado los últimos meses de su vida preparándose para algo que nunca imaginó que enfrentaría: quedarse sin tiempo.
Un especialista en Chicago le había confirmado lo que sus noches sin aliento ya le decían: sus pulmones fallaban más rápido de lo que la medicina podía aliviar.
Su mundo se había convertido en una silenciosa rutina de tanques de oxígeno, instrucciones susurradas y una mansión demasiado silenciosa para sentirse viva.
Esa noche, la lluvia azotaba la ciudad como agujas frías. Grant insistió en uno de sus paseos nocturnos, algo que no hacía por placer, sino para sentir, de alguna forma distante, que la vida no se le escapaba de las manos.
Su enfermera, Dana Reed, iba sentada en el asiento delantero con el conductor, Mark.
«Señor, la humedad es demasiado alta», advirtió Dana.
Grant solo sonrió levemente. «A estas alturas, Dana, el mal tiempo no puede hacerme más daño del que ya me ha hecho el tiempo».
Contempló el horizonte resplandeciente —aquel en el que había construido torres—, ahora solo una imagen borrosa a través del cristal empapado por la lluvia. No tenía hijos, ni pareja, ni nadie que lo esperara. Su único pariente vivo era un sobrino al que le importaba más la herencia que la familia.
Y entonces, algo fuera de la ventana le hizo incorporarse.
Cuatro pequeñas figuras bajo el toldo de una tienda
Cerca de una boutique de lujo, bajo su estrecho toldo, cuatro diminutas figuras se acurrucaban.
Cuatro chicas, todas tiritando, empapadas hasta los huesos.
Cuatro melenas rubias pegadas a rostros pálidos.
Cuatro pares idénticos de ojos abiertos y asustados.