Aprendió a cocinar de nuevo. Quemó arroz la primera vez y se rió hasta llorar, con Leo riéndose también. Pegaron fotos en el refri: Leo con la cara manchada de chocolate, Alejandro sirviendo chocolate caliente con una sonrisa tímida, Daniela sosteniendo el oso y el leoncito como si fueran amuletos.
Una noche, Daniela se sentó frente al piano desafinado. Puso los dedos sobre las teclas amarillas y, con manos temblorosas, tocó la melodía que la había sostenido en la calle.
Eres mi sol… mi único sol…
Leo apareció en la puerta con su peluche y se quedó escuchando. No dijo nada. Sólo sonrió como si algo, por fin, encajara en su lugar.
Leo también tenía un proyecto secreto: una caja de zapatos debajo de su cama, su “cápsula del tiempo”. Dentro guardó un dibujo de tres personas bajo un árbol, un pedacito de cobija vieja, y una nota escrita con letras cuidadosas:
“Mamá no se murió. Sólo se perdió. Y ya volvió.”
El final feliz no llegó con fuegos artificiales. Llegó con un escenario sencillo.
En una tarde de lluvia ligera, el centro comunitario del barrio organizó un evento de recaudación para un albergue. Nada de candelabros. Nada de champaña. Sólo sillas plegables, velas eléctricas y un piano prestado.
Daniela subió con un vestido azul sencillo. La cicatriz en su mejilla seguía ahí, pero ya no parecía una condena: era una línea de regreso.
Leo estaba en la primera fila, agarrando la mano de Alejandro con fuerza. Alejandro la miraba como si la estuviera viendo por primera vez… y al mismo tiempo como si nunca hubiera dejado de verla.
Daniela tocó los primeros acordes. La sala se quedó quieta.
—Esta canción… me mantuvo viva —dijo, y su voz tembló un poco—. Y hoy… la canto porque estoy aquí.
Cantó:
Eres mi sol, mi único sol…