Oso sacó el móvil y se lo mostró al agente: decenas de fotos. Él y otro soldado, jóvenes, llenos de polvo y sudor. Los dos con uniforme, abrazados. La misma cara, años después, con un bebé en brazos: Lili recién nacida. Fotos de boda, con Oso de padrino. Fotos más duras: el amigo en una cama de hospital, la cabeza vendada, Oso sentado a su lado. Luego imágenes del juicio. De la sala de visitas de la cárcel.
—Cada semana le cuento historias de su padre de antes de que la guerra y la enfermedad lo destrozaran —dijo Oso—. Le enseño fotos de cuando era un hombre alegre, valiente, generoso. No el fantasma roto del que su madre prefiere no hablar. Soy el único hilo que la conecta con quien fue su padre de verdad.
Lili levantó la cabeza de su dibujo.
—Tío Oso estaba allí cuando nací —dijo con gravedad infantil—. Papá dice que lloró como un bebé.
—Mentira —protestó Oso, fingiendo dureza—. Solo tenía algo en el ojo.
—Lloraste —insistió ella, sonriendo por fin—. Papá dice que tú me cogiste primero, mientras él le apretaba la mano a mamá. Que prometiste que siempre me ibas a cuidar.
El agente le devolvió los papeles.
—Lamento la molestia, señor —dijo—. Y gracias por lo que ha hecho.
Pero Oso no había terminado.
Se puso de pie. Sus casi dos metros de altura y sus músculos bajo la chaqueta de cuero llenaron el pequeño espacio. El restaurante volvió a quedarse en silencio.