Después, me asocié con Antonia, una viuda de mi edad. La limpieza se había vuelto difícil para ambas, así que contratamos a una persona para que nos limpiara y compartimos el costo.
Poco a poco, se fue uniendo más gente:
El dueño del bar de al lado, que se da cuenta si no llego por la mañana.
El farmacéutico, que me recuerda cuándo hay que renovar las recetas.
El frutero, que me trae la compra a domicilio una vez por semana.
El resultado lo cambió todo.
Pasaron seis meses.
Nunca más olvidé tomar mi medicación.
Mi casa siempre estuvo limpia y organizada.
Todas las noches, alguien se aseguraba de que estuviera a salvo.
Y lo que es más importante, volví a tener un propósito.
Tenía conversaciones, responsabilidades y personas que contaban conmigo.
Ya no me sentía como una carga.
Sentí que pertenecía a ese lugar.
No se trataba solo de ahorrar dinero.
Sí, gasto mucho menos de lo que gastaría en una residencia de ancianos.
Pero esa no es la mejor parte.