La dejé en la puerta del colegio. La vi entrar, saludando a sus amigas, segura de sí misma, feliz. Ya no quedaba rastro de la niña asustada que temía ser abandonada. Ahora caminaba pisando fuerte. Ese día tuve revisión con Rodrigo. —Eduardo, esto es aburrido —bromeó Rodrigo mirando los resultados—. Estás estable. Increíblemente estable. —Tengo una buena razón para no morirme, Rodrigo. Tengo que pagar la matrícula de la universidad dentro de diez años.
Fui a la oficina un rato. Firmé papeles, tuve reuniones, pero mi mente estaba en el papel rosa que quemaba en mi bolsillo. A las tres en punto, estaba en el coche esperando a que saliera. —¡Papá! —entró como un torbellino—. ¡El examen fue pan comido! Urano es el que tiene los anillos de lado, me acordé por lo que me dijiste de que estaba durmiendo la siesta. —¡Esa es mi chica! —¿Qué hacemos para celebrar el aniversario? —¿Lo de siempre? —¡Pizza y peli! —gritamos al unísono.
Fuimos al supermercado, compramos masa fresca, mozzarella, tomate y jamón. Era nuestra tradición de los viernes, adelantada al jueves por la ocasión especial. Hicimos la pizza juntos, manchando la cocina de harina. Valeria me puso un poco de harina en la nariz y yo le hice cosquillas hasta que casi se orina de la risa. Después de cenar, vimos El Rey León por enésima vez. Valeria lloró cuando murió Mufasa, como siempre, y se acurrucó contra mi pecho. —Menos mal que tú no te moriste, papá —susurró medio dormida. —Yo soy más duro que Mufasa, cariño.
La llevé a la cama. Le arropé hasta la barbilla. —Buenas noches, princesa. —Buenas noches, papá. Te quiero hasta el infinito y más allá. —Y yo a ti.
Cerré la puerta de su habitación dejando una rendija abierta, como le gustaba. Fui a mi despacho, me aflojé la corbata y me serví una copa de vino. La casa estaba en silencio, pero era un silencio lleno de paz, no el silencio vacío de hace un año. Entonces recordé la nota. Saqué el papel rosa del bolsillo. Estaba un poco arrugado. Lo desdoblé con cuidado. La letra de Valeria había mejorado mucho, aunque seguía haciendo las ‘s’ al revés a veces.
Leí:
“Papá Eduardo:
Hace un año tenía mucho miedo y mucha hambre. Tú me preguntaste si quería ser tu hija por una semana. Yo dije que sí porque pensaba que me darías comida y luego me echarías. Pero no me echaste. Me diste una bici, me diste una cama y me diste a Carmen y a Rosa.