“Señor… ¿podría fingir ser mi esposo… solo por un día?”
Tardé varios segundos en entender lo que aquella mujer acababa de decirme. Estábamos en la fila del café del aeropuerto de Denver y yo, un simple ingeniero mecánico de paso, jamás imaginé que una desconocida—rubia, elegante, con los ojos cargados de pánico—podría dirigirse a mí con semejante súplica.
—¿Disculpe? —pregunté, creyendo haber escuchado mal.
—Por favor —insistió—. Solo hoy. Necesito que alguien se haga pasar por mi marido. Sé que parece absurdo, pero se lo explicaré.
Miré alrededor, incómodo. Nadie más parecía prestar atención, pero la tensión en sus manos, aferradas a su pasaporte, me hizo entender que no era un juego.
—Me llamo Claire —agregó con un hilo de voz—. Y estoy en problemas.
Yo debía tomar un vuelo hacia Seattle en dos horas. Aun así, había algo en su expresión, una mezcla de miedo y determinación, que me obligó a escuchar. Caminamos hacia una mesa apartada. Ella respiró profundamente antes de empezar.
—Mi familia es… complicada —dijo—. Mi padre es dueño de una empresa de construcción muy conocida. Yo trabajé para él muchos años, hasta que descubrí ciertas irregularidades en los contratos. Le reclamé, discutimos, y me fui de casa. Desde entonces, él me considera una amenaza para su reputación.
Tragué saliva.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Mi padre está aquí, en el aeropuerto. No sé cómo se enteró de que viajaría a Chicago para reunirme con un periodista. Quiere detenerme. Pero él no confronta a un matrimonio… dice que “las mujeres casadas ya tienen quien las controle”. Si piensa que estoy con mi esposo, no armará un escándalo.
La absurda lógica tenía sentido, lo cual era aún más inquietante.