En ese instante, el teléfono de Roberto vibró.
NOTIFICACIÓN DE RETIRO: Inversionista principal solicita suspensión inmediata.
Luego otra.
Y otra.
El color se le fue del rostro como si alguien le hubiera drenado la sangre.
Por primera vez, Roberto sintió algo en las piernas: un temblor pequeño, indigno de su ego.
—Esto no se va a quedar así —murmuró, pero ya no sonó a amenaza… sonó a súplica.
Tres días después, el lobby de Sterling se llenó de un silencio distinto: el silencio de los hospitales, de los tribunales, de los lugares donde el poder cambia de manos.
Las puertas giratorias se detuvieron.
Amaranta Salas entró.
Esta vez no venía sola.
La seguían cuatro personas con portafolios blindados y credenciales discretas: Teresa Ibarra (legal), Omar Quintana (auditor), Marina Toledo (cumplimiento), y un hombre mayor que caminaba con calma, como si ya hubiera visto caer imperios: Lic. Basilio Rentería, del comité internacional.
El recepcionista bajó la mirada. El guardia que la había escoltado el lunes se tensó, recordando el nudo en el estómago de aquella orden injusta.
Amaranta se detuvo frente al mostrador.
—Entregue esto al señor Cárdenas —dijo, dejando una carpeta con sello dorado—. Y dígale que tiene cinco minutos para presentarse. Si no… procedemos sin él.
El ascensor se abrió como si la esperara.
Arriba, en la sala, Roberto miraba las cámaras y se levantó como si hubiera visto un fantasma.
—¿Qué hace ESA mujer aquí? —gritó, empujando la silla.