Para sobrevivir a la guerra, aceptó ser "suya". Y cuando dio a luz, la esperaba un campo de concentración. Al ser liberada, creyó haber perdido a su hija para siempre, pero la anciana le guardaba un secreto increíble.

 

"¿Y ahora qué?
" "No lo sé.
" "Lo arreglaré todo, Margarita, lo arreglaré todo. Al fin y al cabo, soy padre."

No entendía qué podía resolverse. El niño ya estaba allí, y eso era un hecho innegable. El tiempo transcurría, su cuerpo cambiaba, su abrigo apenas le cubría la barriga, pero en su alma, a pesar de todo, brillaba la esperanza. El 45 avanzaba, el enemigo se veía cada vez más obligado a retroceder, y el mismo aire, saturado de pólvora, ya teñía la anticipación de una victoria inminente.

Al sexto mes, Viktor Nikolaevich la llamó y le entregó con rigidez un nuevo documento.
«Según la Orden 009, te vas a casa». «
¡Pero aún puedo quedarme, me siento bien!
». «No puedo asumir tanta responsabilidad. Si algo te sucede, habrá interrogatorios, preguntas sobre por qué te quedaste en las filas. Y no soporto responder; ya tengo bastante con lo que tengo»
Cuando ella se marchaba, él mismo la sentó en la cabina del camión y, cerrando la puerta de golpe, dijo con inusual tristeza:
“Adiós, Orlova…”
“Adiós, Viktor Nikolaevich”.

Apenas contuvo las lágrimas. No por amor ni cariño, sino por la amarga certeza: él ya la había olvidado. Un simple "adiós", sin promesa de escribirle, sin pedirle que lo supiera. Comprendió: en cuanto el coche desapareciera por la esquina, la borraría de su biografía.

Su habitación en el dormitorio de la fábrica estaba vacía. Tras recibir las llaves del comandante, Margarita entró y se detuvo en el umbral. La habitación estaba sin vida: una flor seca en el alféizar, una gruesa capa de polvo en cada superficie, intrincadas telarañas en los rincones. Se puso ropa de civil y se puso a limpiar, y al anochecer su pequeño refugio volvió a respirar, reluciente de limpieza. Mañana, a la fábrica. Y entonces... Entonces la vida misma pondrá cada cosa en su lugar.

La fábrica la aceptó a regañadientes, pero necesitaban ayuda, y su historial de guerra hablaba por sí solo. Estuvo junto a la máquina hasta el mismo parto, desde donde la llevaron a la maternidad, donde nació una niñita de cabello oscuro, a la que llamó Verónica.

 

 

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