“¡PAPÁ, ESOS NIÑOS EN LA BASURA SE PARECEN A MÍ!”

 

 

Eso es completamente absurdo e ihumano. Eduardo, tú y yo sabemos que es absurdo, pero la sociedad no siempre es racional cuando se trata de cuestiones éticas como esta. Eduardo se puso de pie y caminó hacia la viuda, observando cómo la multitud iluminaba el jardín donde sus tres hijos habían jugado felices horas antes. Dr. Eprique, independientemente de cómo llegaron Lucas y Mateo al mundo, ahora son mis hijos, y lucharé hasta la muerte para protegerlos. Eduardo, te ayudaré en todo lo que pueda, pero debes tener en cuenta que esta lucha puede ser más difícil de lo que imaginas.

¿Por qué exactamente? Porque si mi teoría es correcta, hay personas extremadamente poderosas involucradas en esta situación. Personas que no cederán fácilmente el control que creen tener sobre estos niños. ¿Quiénes serían esas personas influyentes? El doctor E. Rique guardó cuidadosamente los documentos en la carpeta y miró directamente a los ojos de Eduardo. Eduardo, basándome en todo lo que he aprendido, creo firmemente que tu propia familia está en el centro absoluto de esta elaborada conspiración. Y mañana, cuando enfrentes a tu madre con esta devastadora evidencia, descubrirás hasta dónde llegará para guardar sus secretos más oscuros.

Las devastadoras palabras del Dr. Eprique resonaron en la silenciosa oficina como un silencio sepulcral, dejando a Eduardo completamente paralizado y sin reacción emocional inmediata. La revelación de que su respetada familia pudiera estar involucrada en una conspiración tan elaborada, misteriosa e ihumana para manipular genéticamente la creación artificial de niños desafió por completo todo lo que creía firmemente sobre las personas que había amado, respetado y admirado durante su vida adulta. La traición no vino de extraños o enemigos conocidos, sino de las personas más cercanas en quienes había depositado absoluta confianza y amor incondicional.

Durante la insomne ​​y tortuosa noche que siguió, Eduardo permaneció sentado rígidamente en su sillón de cuero italiano, mirando fijamente a la amplia ventana mientras procesaba obsesivamente la devastadora e incomprensible información que había recibido. Cada vez que cerraba sus ojos exhaustos, veía claramente los rostros angelicales de Lucas y Mateo durmiendo pacíficamente, completamente ajenos e indiferentes al hecho de que sus mismas existencias podrían ser el resultado directo de un experimento científico cruel y calculado, fríamente orquestado por personas que deberían protegerlos y amarlos convencionalmente.

La inquietante idea de que estos niños puros e insignificantes fueran considerados productos comerciales, inversiones ficticias o experimentos científicos por parte de alguien de su propia familia lo llenó de una rabia fría, calculadora e implacable, como nunca antes había experimentado en toda su vida. Era una furia que trascendía la rabia común, transformándose en algo más primitivo y peligroso. A las 5:00 am, cuando los primeros rayos dorados del sol comenzaban a iluminar el lejano horizonte, Eduardo escuchó los primeros sonidos melodiosos que provenían de la habitación de los niños.

 

 

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