«No soy apta para ningún hombre», dijo la mujer obesa, «pero puedo amar a tus hijos». El vaquero ..

 

 

—Yo también —susurró Emilia.

Desde la puerta, Tomás preguntó:

—¿Podemos extrañar a mamá y querer a Rocío al mismo tiempo?

Emilia miró a Rocío, y Rocío le devolvió la mirada, dejándole el poder de decidir.

—Sí —dijo Emilia al fin—. Creo que sí.

Esa noche Emilia tocó la puerta del cuarto de Rocío.

—Estoy cansada de ser fuerte todo el tiempo.

Rocío abrió los brazos. Emilia se derrumbó en ellos, llorando como niña, no como soldadito. Rocío la meció.

—Entonces déjame ser fuerte por las dos un ratito.

Santiago vio todo desde lejos, con los ojos rojos y la boca apretada, como hombre que quiere agradecer pero no sabe cómo.

El problema llegó cuando la felicidad empezó a notarse.

El comisario del pueblo, don Baltasar, apareció un martes con el juez Villaseñor.

—Venimos por una queja formal —dijo el juez, serio—. Sobre el ambiente moral de esta casa.

Rocío sintió que se le caía el suelo. Santiago avanzó un paso.

—Mis hijos están cuidados.

—La queja dice que una mujer soltera, de reputación dudosa, vive aquí “como madre”. Y eso… no es decente a ojos del condado.

El juez quiso hablar con los niños por separado. Emilia respondió firme, luego temblorosa ante preguntas filosas. Tomás se confundió. Lupita lloró y estiró los brazos hacia Rocío.

Al final, el juez revisó la casa, miró camas limpias, comida, ropa doblada.

 

 

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